A partir de los 45, jóvenes por fuera… ¿y por dentro?

A partir de los 45, jóvenes por fuera… ¿y por dentro?

«En la vida hay cosas positivas y negativas, y envejecer es una de las que no parecen tan buenas. Empezamos a entrever la presencia de la muerte, de lo efímero de la existencia. Vivimos como si fuéramos inmortales, y estos pequeños achaques te recuerdan q

MARÍA CORISCO

Ni con todo el oro del mundo se pueden evitar. Ahí están para demostrarlo los juanetes de Victoria Beckham (40 años), el principio de osteoporosis de Gwyneth Paltrow (42) o los problemas de visión de Jennifer Aniston (45), las tres famosas y ricas. Son los achaques y cuando dicen «aquí estamos» no hay dios que los detenga.

Más cotidiano. Terapia de pareja en el psicólogo: ella, de 35 años, siente que el tiempo para ser madre se le acaba, pero él no quiere hijos todavía: «Las mujeres de 40 no son lo que eran antes», se excusa. Error. Resulta que, al menos en eso, sí son como las de antes: por más que se sientan jóvenes, sean activas y estén llenas de intereses, sus óvulos se van al garete igual que hace 300 años. No hay ‘lifting’ para ellos.

El de la fertilidad es tan solo un ejemplo de algo que a veces se nos escapa: podemos combatir las arrugas, las canas y la flacidez, pero nuestro interior también envejece y acusa el paso del tiempo. Desde la primera juventud luchamos contra las patas de gallo alrededor de nuestros ojos, pero no nos damos cuenta de que, por dentro, también envejecen. Hasta que llega un día en el que no es posible leer en la ducha la etiqueta del champú y nos maquillamos con las gafas puestas. O percibimos esas molestísimas moscas volantes en nuestro campo de visión y no hay colirio ni pomada que las espante. Entonces, el oftalmólogo nos dice: «Son cosas de la edad». Trágate ese sapo.

No es fácil encajar que, de buenas a primeras, tu fotografía es mejor que tu radiografía, y que no hay ‘Photoshop’ que valga para enmendar eso que está pasando en tu interior. Eso, en realidad, comenzó en torno a los 20 años, época en que, supuestamente, alcanzamos la plenitud. A partir de ahí, igual que nuestro pecho comienza su caída libre, también lo hacen el resto de nuestros órganos y sistemas. «En general, alcanzamos nuestra máxima capacidad funcional alrededor de los 25 años», explica el profesor Manuel Castillo, catedrático de Fisiología y miembro del comité científico de la Sociedad Española de Envejecimiento (SEMAL). «Pero no nos mantenemos en una meseta estable, sino que empezamos a decrecer. Y lo hacemos a una velocidad que puede estimarse en torno a un 10% por década».

Este declive no es igual en el hombre que en la mujer: mientras la curva de descenso del varón es estable, continua y sin altibajos, la de la mujer sufre una caída brusca, un terraplén, en torno a los 45-50 años. «Descienden las hormonas femeninas que hasta ese momento las protegían frente a la pérdida de masa ósea y que favorecían desde una mayor capacidad de adaptación a un mejor estado de ánimo y una buena textura de la piel y el cabello. Eso explica por qué pasan de estar perfectamente a tener un bajón en esos años, algo que les afecta también psíquicamente».

Es cuando una echa la vista atrás y descubre que lleva tiempo tomando un omeprazol diario para esa acidez que le estropea las sesiones de sofá, manta y película serie B; o que tiene que levantarse por las noches al baño (¿qué es primero?, ¿te despiertas porque tu vejiga se ha hecho mayor y no aguanta, o como te has hecho mayor duermes peor y te das cuenta de que la tienes llena? Cualquiera de las dos opciones es desalentadora). Los callos y juanetes te impiden lucir los taconazos de antaño. Escapes de pis ante una carcajada, un estornudo, un ataque de tos. La lengua reseca por las mañanas porque duermes con la boca abierta y, sí, cierto, ¡roncas! Las rodillas que crujen cuando te agachas, la espalda que se pinza cuando te inclinas sin doblarlas para que no suenen, los tres días que necesitas para recuperarte de una noche de copas…

«Los cambios se van produciendo poco a poco; imperceptibles durante años, en cada persona se manifiestan a edades más o menos tempranas», explica el geriatra Humberto Kessel. «Si una mujer ha tenido hijos y no ha cuidado su musculatura pélvica, pueden aparecer escapes de orina; si durante décadas hemos sobrecargado la columna, posiblemente llegará un momento en el que la espalda nos pase factura; también las alteraciones en la anatomía y dinámica del aparato respiratorio pueden propiciar los ronquidos, y habrá quien se resienta más del oído, de la vista, del aparato digestivo…».

Los achaques, es cierto, aparecen lentamente. Pero quizá lo más tremendo de ellos no sea la limitación funcional que provocan, sino la idea de irreversibilidad, ese sentir que iniciamos un camino sin retorno. «Antes, hacerse mayor era un privilegio. Ahora, está tan sobrevalorada la juventud que aceptamos mal esos cambios con los que el cuerpo nos dice que entramos en otra etapa de la vida», sugiere la psicóloga Mila Cahue, del gabinete Álava Reyes Consultores. «Pero, en realidad, es una lección de sabiduría que debemos aprovechar: es quitarte el traje de la etapa previa y ponerte otro que te corresponde más».

Esta enseñanza, continúa, «es un proceso largo; la adaptación puede durar un año, y está bien darse cuenta de ello, porque es una crisis muy positiva en la que aprendes a vivir. No podemos ser jóvenes eternamente, y es bueno que la vida te diga que eres un poquito mayor y que te coloques en tu sitio, que atraviesas otro momento vital y que, aunque sigas sintiéndote joven, no hagas el ridículo. Tenemos muchas ventajas de haber nacido en un tiempo en el que uno puede hacerse mayor viéndose joven y sin perder la ilusión y las ganas».

Pero no es fácil, ni mucho menos. Mariela Michelena, psicoanalista y autora de ‘Mujeres malqueridas’, señala que, en una sociedad donde no hay permiso para el duelo y siempre se busca el lado bueno, «a veces se nos niega el derecho a disgustarnos porque envejecemos. En la vida hay cosas positivas y negativas, y envejecer es una de las que no parecen tan buenas. ¿Por qué? Empezamos a entrever la presencia de la muerte, de lo efímero de la existencia. Vivimos como si fuéramos inmortales, y estos pequeños achaques te recuerdan que no lo eres».

Tenemos todo el derecho del mundo a sentirnos mal por ello, asegura Michelena, quien añade que es necesario pasar una serie de duelos en esta etapa, aunque algunos puedan parecer pueriles: «Quizá el mayor sea el de la pérdida de fertilidad que, aun cuando no quieras tener más hijos, te produce una sensación de merma de un cierto estatus de mujer en activo. Pero también el momento de ponerte gafas de cerca puede ser un problema. Vemos el fantasma de la decadencia, de que vamos cuesta abajo. Y tendremos que aceptar esos duelos e irlos recolocando».

En ese contexto, señala Mila Cahue, «hay que reinventarse. Podemos, como nuestras abuelas, llevar el pastillero en el bolso, pero la forma de hablar de ello será diferente. Nos pasará lo mismo, pero no lo afrontaremos igual. Tendremos achaques, aunque aceptaremos que el cuerpo lleva un desgaste y que, en el cómputo general, no es sino un pequeño revés». También es posible luchar contra el envejecimiento en sí, asegura el doctor Castillo: «Igual que los excesos y los malos hábitos lo aceleran, está en nuestra mano ralentizarlo con una dieta adecuada, ejercicio, determinados suplementos… Eso sí, siendo conscientes de que el proceso no se detiene». «Hay mecanismos para combatirlo, pero unos más dignos que otros», advierte Michelena. «Algunas mujeres operadísimas resultan patéticas, serían más bellas si su aspecto fuera armónico con la vida y la realidad. No digo que no intentemos mejorar nuestro aspecto, pero sí que es fundamental reconocer y asumir la edad que una tiene, sin pretender ser más fuerte que la naturaleza, más poderosa que el tiempo».

Verse bien para estar mejor

El proceso de envejecimiento del rostro se inicia ya en la primera juventud, pero no somos conscientes más que de forma muy somera. Hasta que llega un momento, sobre todo a partir de los 50 años, en que se acelera y, de pronto, el espejo refleja a una extraña. «Te paras, empiezas a mirarte y te das cuenta de que te has hecho mayor», explica Virtudes Ruiz, directora médica de VirtudEstética. «Esos pequeños cambios, antes imperceptibles, se manifiestan cada vez más rápido y afectan muchísimo a la autoestima». Suele coincidir, continúa la experta, «con la llegada de la menopausia. Ves peor, tienes problemas de huesos o te orinas cuando toses. Todo junto contribuye a crear una sensación de declive difícil de superar». En esa etapa, intentar mantener la apariencia «es fundamental para no abandonarse. Sentirte muy mayor produce tristeza y te rinde ante los achaques, implica esa cantinela de ‘como me hago vieja, qué más da’. En cambio, si te ves bien los llevarás mucho mejor y buscarás soluciones para superarlos».

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