UNA SOCIEDAD ORGULLOSAMENTE CUIDADORA – Solidaridad Intergeneracional
Cómo cuidamos en las distintas etapas de la vida, lo dice todo de la sociedad en la que vivimos y de la familia que nos ha tocado, o que hemos constituido o contribuido a su desarrollo. La forma de valorar los cuidados refleja la importancia que damos a los colectivos que más lo necesitan y a las personas que los realizan.
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UNA SOCIEDAD ORGULLOSAMENTE CUIDADORA

UNA SOCIEDAD ORGULLOSAMENTE CUIDADORA

Ana Isabel Esteban

Presidenta de Solidaridad Intergeneracional

Llegamos a este mundo frágiles e indefensos, con solo una pequeña parte del cerebro desarrollada que culminará en los 36 meses siguientes y para ello el cuidado con calidez y calidad va a ser la piedra angular para una buena vida, creándose un vínculo poderoso, un instinto vital de supervivencia que nos une con lazos invisibles. Somos seres dependientes necesitados de apoyo y cuidado en varias etapas de la vida, además de alimento, protección, ser amados y no pasar frio.

 Cómo cuidamos en las distintas etapas de la vida, lo dice todo de la sociedad en la que vivimos y de la familia que nos ha tocado en suerte, o que hemos constituido o contribuido a su desarrollo. La forma de valorar los cuidados refleja la importancia que damos a los colectivos que más lo necesitan -infancia, personas de edad avanzada, discapacidad- y a las personas que los realizan.

 Nuestra sociedad evoluciona y se transforma y reconocemos los efectos que provoca el cambio demográfico derivado de la revolución de la longevidad y la disminución de la natalidad, así como de la eliminación creciente de las desigualdades de género derivadas del trabajo de cuidado realizado por las mujeres a lo largo de la historia y en la actualidad. Trabajo realizado de forma gratuita sin reconocimiento social, ni contraprestación económica, empobreciendo así a las mujeres de la familia que sacrifican su carrera profesional para destinar su tiempo al cuidado familiar.

 Aunque el 80% de las familias se encargan del cuidado de sus familiares en Europa, las mujeres continúan incorporándose al mercado laboral, y ocupan espacios antes solamente destinados a los hombres, en todos los ámbitos, aunque aún no se ha logrado avanzar lo suficiente en sectores muy masculinizados, ni tampoco se ha conseguido igualar los muy feminizados, como son los cuidados.

Para que la sociedad evolucione en igualdad, tenemos cambiar las personas en lo más íntimo de nuestro ser. Por fin vemos con normalidad en el espacio público como padres hombres, cuidan, juegan y disfrutan de sus hijos desde que nacen y se les ve felices. Éste, que era un espacio exclusivo de las mujeres, ya es tanto del padre, como de la madre y es ese compromiso, en la pareja, de repartirse las tareas del cuidar y cuidarse el que hace florecer con mayor ímpetu el vínculo afectivo, que no entiende de género, solo entiende de lo que hacemos por los demás. Y eso se aprende y se transmite. Recuerdo a mi padre, machista reconvertido, como cuidaba con esmero a su madre gran dependiente.

Una sociedad longeva como la Europea precisa avanzar con rapidez y solvencia en la construcción de un sistema sólido de cuidados en todas las etapas de la vida y un paso importante para ello ha sido la aprobación reciente de la Estrategia Europea de Cuidados que promueve atender a los niños de 0-6 años, así como a las personas que precisen cuidados de larga duración (dependencia y discapacidad) mejorando las condiciones laborales de las personas cuidadoras, y también reconociendo el trabajo de cuidado que sigue mayoritariamente realizando la familia, pero apostando con claridad por facilitar la conciliación familiar y laboral con servicios públicos y con permisos y licencias que faciliten cuidar y seguir trabajando y viviendo.

Para atender la demanda creciente actual de cuidados y la esperada para los próximos años se necesitan muchas más personas en este sector de servicios personales. Se precisa un ecosistema de servicios de atención social y de profesionales, hombres y mujeres bien formados, valorados socialmente y mejor retribuidos para prestar servicios domiciliarios y en la comunidad, ya que el deseo de las personas que precisan cuidados, es permanecer en el hogar hasta el final, si es posible. Este problema de falta de cuidadores/as ya es una realidad en el medio rural despoblado. Y la mayoría de las personas contratadas para prestarlos tanto en las ciudades como en los pueblos, son mujeres emigrantes. Y gracias a ellas podemos seguir viviendo en casa.

Trabajamos duro durante años para llegar a la edad de jubilación y contar con una pensión digna, y una gran parte de la sociedad logra este objetivo, aunque las pensiones en el medio rural son las más bajas del sistema. Podemos acumular patrimonio y disponer de poca renta para vivir la jubilación. O lo contrario. En cualquier caso, lo fundamental es contar con un sistema que garantice la atención y el cuidado que necesitemos hasta el final de nuestros días, vivamos donde vivamos, con coordinación socio-sanitaria y respetando los derechos, los deseos y expectativas de las personas, sin discriminaciones.

Ya está inventado el modelo, existe en los países del norte de Europa. Son servicios públicos que ofrecen atención, cuidados, rehabilitación domiciliaria, desde el mismo momento en que se necesita. Pero siempre que intervienen personas, existen costes altos y hay que pagarlos. Ellos lo pagan con impuestos altos, y les va bien porque los servicios funcionan.

La cuestión es ¿Qué te hace más feliz, tener dinero sobrante en el banco o disponer de servicios públicos que te garanticen el cuidado cuando lo necesites? Los impuestos son imprescindibles para disponer de servicios públicos de calidad que lleguen a todas las personas que los precisan.

Lo ideal es no necesitarlos, y ello se puede lograr envejeciendo saludablemente: cuida la alimentación, haz ejercicio físico y mental, participa y se protagonista de tu vida, sigue aprendiendo, que nadie decida por ti y comprométete con los demás.

Sintámonos orgullosos de cuidarnos



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