TERAPIAS | Animales y niños. Perros que curan

TERAPIAS | Animales y niños. Perros que curan

Una empresa de expertos en el área ofrece terapias asistidas con animales
Una de las más frecuentes es la que se hace con niños con autismo

Sara Polo | San Lorenzo de El Escorial (Madrid)

Congo es un labrador negro. Come algo más del doble de lo normal para un perro de su raza y constitución, pero no está gordo. Su gran motivación es el pienso, y por él es capaz de hacer las más variadas piruetas. Su dueña y adiestradora, Icíar Hernández, dice de él que «es una máquina», y afirma que sabe al 100% que su animal «no va a fallar».

Teniendo en cuenta el trabajo de Congo, cualquier seguridad es poca. Este labrador es uno de los miembros del equipo de ‘Dogtor Animal’, una empresa formada por profesionales de la salud y expertos en el mundo animal que ofrece terapias asistidas con animales tan variados como perros, gatos, delfines e incluso cerditos.

Sus servicios van dirigidos a los más diversos usuarios, desde niños con trastornos del desarrollo motor y cognitivo, o en riesgo de exclusión social, a personas mayores con problemas de psicomotricidad. «En general, el animal es un elemento motivador», explica Vanessa Carral, psicóloga clínica y directora de ‘Dogtor Animal’. Sin embargo, subraya la especialista, hay que asegurarse de que, para el paciente, «el animal es su llave, su elemento motivador. Por eso hay que ser muy honesto en la evaluación inicial», añade.

Con niños autistas

Una de las terapias más frecuentes para Vanessa es la de niños con autismo. La clave está en que, según ella, los perros ven la vida como los niños con este trastorno. «Los niños con autismo, por ejemplo, cuando entran en una sala, se van a fijar en una lucecita que hay en una esquina, perciben de forma diferente los estímulos», explica, «y el perro funciona igual».

«Además», añade la psicóloga, «el perro es muy educado con el niño con autismo a nivel no verbal, primero se acerca y le olisquea, de forma que el pequeño no se siente presionado, como puede sentirse con una persona que le dirija una mirada directa o que tiene una comunicación verbal más directa que le puede hacer sentir invadido».

La primera fase del entrenamiento de un perro para terapia es la selección. «El porcentaje de animales que pueden servir para este tipo de intervenciones es muy bajo», reconoce Hernández, «porque se debe exigir mucho en cuanto a las características intrínsecas del perro». La selección no se hace por raza, sino por individuo, aunque la adiestradora reconoce que algunas razas provocan en el usuario un cierto rechazo por sus características físicas. La selección se hace desde cachorro, así que el técnico se fijará en el carácter de los progenitores, en que genéticamente no tenga ningún problema de salud-”los más corrientes son la displasia de cadera o de codos y las enfermedades congénitas”, explica Hernández.

“La idea es tener un perro lo más sano posible”, apunta la técnico, “porque un problema de salud le puede suponer dolor, y ese dolor puede llevarnos a un estrés que puede generar en el perro un comportamiento reactivo, o incluso agresivo”. Lo más importante en las intervenciones es siempre la seguridad, así que el animal tiene que tener una ausencia de agresividad total hacia las personas, sobre todo teniendo en cuenta que algunos niños pueden gritar, atacar al perro o hacer aspavientos o gritos. “Hay que estar al 100% seguro del animal”, recalca.

Terapia por medio de reforzadores

El entrenamiento del perro de terapia se hace por medio de un reforzador, que suele ser la comida. “Es lo más fácil, lo más sencillo y lo más limpio, porque a todos les gusta”, explica la adiestradora, “pero también se usa el juego o las caricias, depende del individuo”.

El reforzador ayuda a enseñar al perro qué cosas debe saber hacer. Portar objetos es una de las más importantes, “para que pueda llevarle tarjetas mnemotécnicas a un usuario, para recoger y servir de modelo conductual a niños en riesgo de exclusión social”. Además, estos ejemplares deben tener una batería de habilidades, algo que “aunque no es imprescindible, sí es importante que sepa hacer cosas muy visuales para llamar la atención del paciente, para engancharlo y motivarlo”.

La edad de ‘jubilación’ del perro es “aquélla en la que aparezcan dolor, una alteración sensorial o el síndrome de disfunción cognitiva, algo así como el Alzheimer de los perros”, explica Icíar Hernández. “En el momento en que su salud no esté perfecta, aunque tenga tres años, ese perro no puede participar en una intervención”, asegura.

De esta forma, el animal ayuda a realizar una terapia alternativa que no necesita ‘romper barreras’: «Un profesional con bata, una mesa entre médico y paciente, se convierten, gracias al perro, en algo fluido, natural y fácil», explica Carral. El vínculo entre el niño y el perro se forma desde el primer momento, de forma que el profesional «se ahorra» el trabajo de crear una relación con el paciente.

La psicóloga también realizó terapia convencional, por lo que puede comparar las ventajas de utilizar a un animal. «Sé que esto funciona», afirma, «por ejemplo, un niño con hiperactividad en un programa de terapia asistida con animales va a doblar sus minutos de atención en el primer mes de terapia en el 90% de los casos, cosas que en una terapia convencional no he visto nunca».

www.elmundo.es/elmundosalud/2012/07/27/psiquiatriainfantil/1343400331.html