Samantha Flores, 88 años y fundadora de un centro para mayores LGBT: "Luchamos contra la soledad". – Solidaridad Intergeneracional
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Samantha Flores, 88 años y fundadora de un centro para mayores LGBT: “Luchamos contra la soledad”.

Samantha Flores, 88 años y fundadora de un centro para mayores LGBT: “Luchamos contra la soledad”.

Está en México, es el único gratuito de este tipo en América Latina y permanece cerrado por el COVID.

Marta Vicente

Samantha Flores tiene 88 años y es un icono transexual en México. Valiente desde pequeña y bendecida por tener el ‘ángel’ –’duende’ en España–, la activista jamás ha tenido problemas por su condición sexual. Sin embargo, siempre ha intentado ayudar a los que no han corrido la misma suerte que ella. Por ello, hace cuatro años, fundó ‘Vida Alegre’, el primer centro gratuito en toda América Latina que lucha contra la “soledad y el abandono” del adulto mayor LGBTT (lesbianas, gays, bisexuales, transexual y transgénero), como prefiere mencionar ella misma. 65YMás ha contactado con ella para conocer el centro, la situación de los mayores en México y la apasionante vida de su fundadora.

El centro de día para mayores LGBTT, Vida Alegre – Laetus Vitae, situado en pleno corazón de Ciudad de México, fue inaugurado en 2018 y es la primera iniciativa gratuita de este tipo en América Latina. Abrió sus puertas por un motivo: “Los adultos mayores en México son ignorados, los adultos mayores gays, son invisibles”, reza su web. Desde su inauguración, el albergue se ha convertido en una gran familia y el sentimiento de comunidad ha mejorado la calidad de vida de los asistentes. Su principal objetivo es que el adulto mayor LGBTT “brille de nuevo”.

“La soledad y el abandono es lo que tratamos de remediar aquí”, afirma Samantha. En torno a 50 personas en el albergue, aunque no todos acuden diariamente, por lo que “fijos somos unos 8 o 10”, dice. A pesar de ser pocos, “hicimos una fiesta de aniversario y llenamos toda la calle. Sacamos como 10 bancos fuera. Abrimos a las 11 de la mañana y a las 10 de la noche seguía la fiesta”, recuerda Samantha. Todas las semanas los asistentes participan en diferentes actividades: cine fórum, talleres, apoyo psicológico e incluso misas ecuménicas para todas las religiones.

“Los mayores nos suplican que abramos”

Actualmente, el centro de día está cerrado por la pandemia. Samantha, que ya ha recibido la primera dosis de la vacuna, tiene la esperanza de poder reabrirlo dentro de poco, ahora que el país ha pasado a ‘fase naranja’. “Los mayores nos ruegan y nos suplican que abramos”, explica.

Si el sentimiento de soledad ya estaba muy presente en los mayores antes de la pandemia, ahora están desesperados: “Vamos a tener que cambiar totalmente. El lugar es pequeño y con la cantidad de gente que va a querer venir tendremos que abrir por la mañana y por la tarde. Estamos intentado que nos pongan un toldo fuera para poder estar al aire libre y, dentro, únicamente la gente que va a consulta. Después de esto, la necesidad de atención será mucho mayor”, cuenta la fundadora.

Un día normal en el centro consiste en que, mientras unos están con los psicólogos, el resto “platicamos, tomamos café, té, galletas… cada uno lleva algo”, explica Samantha. Igualmente, el sábado es el día que reciben más visitas porque tienen sesión de cine y cada jueves, una asociación de Nueva York que tiene una sucursal en México, les lleva comida.

Vida Alegre es el único lugar de Latinoamérica dedicado al adulto mayor gratuito. “Mientras yo esté aquí seguirá siendo totalmente gratis”, defiende su fundadora.

Cómo surgió ‘Vida Alegre’

La activista lleva muchos años luchando por los derechos de la comunidad LGBTT y de las personas que viven con VIH. Un día, un amigo le preguntó: “Samantha, si haces colectas para los jóvenes necesitados, ¿por qué no las haces para el adulto mayor LGBTT que lo necesita más?”, pero “yo en ese momento no dije nada”, contesta la protagonista, ¿qué iba a hacer yo sola y sin dinero?”, añade.

Pero, si algo caracteriza la vida de esta mujer es “la gente maravillosa” que siempre le ha rodeado. Por ello, cuando le preguntan “¿quién es Samantha Flores?”, ella responde: “Levanto un puño y digo 50% mi familia y levanto otro puño y digo 50% mis amigos. Sin ellos, yo no soy nadie”. Gracias a que sus amigos le prestaron dinero, pudo comenzar con esta lucha.

Los miembros del centro

Samantha recuerda el primer día que el centro se abrió al público: “Pasó una persona, vio el centro y entró a preguntar. Estaba yo sola y le conté la historia”. Explica que se trataba de un sacerdote benedictino que había sido expulsado del Vaticano por haberse casado con un hombre. Entonces, cuando el invitado se marchaba, este preguntó “¿van a abrir mañana?” y al día siguiente volvió. A partir de entonces, ‘Vida Alegre’ empezó a ser la familia que es hoy.

“Otro día llegó una señora heterosexual, que es vecina”, dice Samantha. La mujer preguntó “yo no soy gay pero, ¿puedo venir?” En el centro hay muchos mayores heterosexuales que también buscan la compañía de los demás. Esto ha hecho que entre adultos “machotes” y “mariconas muy afeminadas” –dice la fundadora–, “se hayan creado fuertes vínculos de amistad”.

Samantha narra otras historias de personas que “están hartos de comer el techo de su casa”. Por ejemplo, hay varios heterosexuales que, muchas veces, son señalados por su entorno como “maricones” al acudir allí. Un ejemplo de estos últimos es un asistente que, en las reuniones, siempre canta canciones antiguas y les alegra el día a todos. El día del Orgullo Gay en México, el hombre no quiso asistir al desfile con sus compañeros, quienes habían conseguido una carroza. El motivo fue que sus amigos le empezaron a preguntar “¿ya te has vuelto ‘puto’?” por ir a Vida Alegre. El hombre decidió volver días después, debido a “la falta que le hacía el centro”, explica la fundadora.

Otro de los visitantes es un mayor homosexual “de mi época que llevaba toda la vida sin salir del armario”, dice la activista. Ahora, desde que acude a Vida Alegre, el hombre se siente liberado y “mariconea como loco. Es muy simpático y todo el mundo le quiere mucho”, cuenta.

“Tengo 88 años, pero me siento de 40”

Antes de la pandemia, Samantha no paraba por casa. A pesar de ello, el coronavirus no le ha afectado “y mira que soy callejera”, sostiene. “A mi me encanta ir a teatros, a museos, soy una fanática de la ópera, adoro caminar…. Amo mi ciudad”, añade. Ahora, todos los días hace ejercicio en casa, escucha la radio, habla por teléfono y ve la televisión, “me volví teleadicta”, afirma.

Lo primero que hará en cuanto le inyecten la segunda dosis de la vacuna será ir a ver la exposición de Amedeo Modigliani en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad y la de Van Gogh que hay en un parque cercano a su casa. “Son mis dos ídolos”, dice Samantha.

“No paro y, ¡qué bueno!”, exclama, “yo me siento de 40”, añade. Además, dice que no le gusta dar consejos, porque “ella no es nadie”, pero sí que lanzaría un mensaje a todos los mayores para que se cuiden: “Ámate a ti mismo y a tus semejantes, pero, primero, ámate a ti. Y vas a ser feliz”.

“Tenía lo que García Lorca llamaba duende

Samantha describe su infancia como “muy feliz, común y corriente”. Hija de un obrero que trabajaba en la fábrica de cerveza Moctezuma, asegura que “aunque éramos muy pobres nunca nos faltó de nada. Mis hermanos y yo fuimos muy queridos”.

La activista insiste en lo afortunada que ha sido durante toda su vida. Concretamente, en su niñez, gracias al apoyo y protección que recibió por parte de su familia: “Mi casa era el paraíso. Tuve unos padres maravillosos”.

Nació en 1932 en Orizaba, ciudad del Estado de Veracruz. Su pueblo está en medio de un valle de montaña donde, por aquel entonces, había muchas fábricas. “Era un pueblo de puros obreros”, dice Samantha, “yo era muy afeminado, así que la gente hablaba y criticaba”. Debido a esto, a su padre le aterraba la idea de que su hijo sufriera: “Siempre me protegió y me dio todo lo que estuvo en su mano para que yo tuviera armas con las que defenderme”, explica.

Samantha confiesa que el mayor deseo de su padre era que sus hijos no corrieran la misma suerte que él. Por ello, desde pequeños, Samantha y sus hermanos recibieron la mejor educación posible, incluidas las clases de inglés y de piano. Les apuntó a clubes sociales, a los que asistía gente de elevado estatus social. Gracias a eso, exploraron otro ambiente diferente. El esfuerzo de su familia le salvó en muchas situaciones en el futuro.

Al comenzar secundaria, a los 13 años, Samantha conoció a su primer amor: “Con él descubrí mi condición sexual”. Su pareja se convertiría en el mayor escudo contra el bullying durante los tres años de relación: “Mi novio era gimnasta y mayor que yo, por lo que nadie se atrevía a meterse conmigo”.

A su pareja le encantaba la música española. Junto a los boleros mexicanos de Agustín Lara, él le dedicaba canciones y poemas de autores españoles: “Mi primer amor fue a base de los versos de Gustavo Adolfo Bécquer y de las canciones de ‘Luisa Fernanda’ de Moreno Torroba”, expresa con cariño.

El respaldo de su novio le abrió los ojos: “Ahí descubrí que tenía que defenderme y contar con aliados que me respaldaran social y físicamente”, dice Samantha.

A pesar de que nunca sufrió acoso y que “mi casa era mi refugio”, “no dejaba de ser un pueblucho y, como decimos en México: Pueblo chico, infierno grande”, explica.

“Se me hacía un vacío alrededor por ser tan afeminado”, dice. “Yo quería ver mundo y mi opción fue Ciudad de México”. Por ello, Samantha ingresó en la mejor escuela de comercio de la ciudad. “Pobrecito mi papá lo que tuvo que gastar” expresa con pesar, porque “fracasé, no me gustaba”.

Tras esto, Samantha viajó a Los Ángeles (Estados Unidos). Por aquel entonces, “era 1957, Elvis Presley apenas comenzaba a destacar, Los Ángeles era una ciudad maravillosa”, dice. Estudió en una universidad donde le prepararon para trabajar como recepcionista. De nuevo, gracias a su padre y a su profesor, Samantha tenía buen nivel de inglés y acento británico, y esto evitó que sufriera la discriminación hacia los mexicanos en EEUU de entonces.

Al regresar a su país natal, trabajó muchos años como recepcionista en hoteles. “No tuve problema con el macho latino porque todos con los que trataba eran extranjeros”, sostiene Samantha, “otra ventaja que, sin querer, la vida me brindó”, añade.

Entonces, consiguió su primer trabajo en Acapulco. Disfrutó de la época dorada de la ciudad: “Teddy Stauffer, el famoso músico que, en ese momento, estaba casado con la reconocida actriz de Hollywood Heidi la Marr, acababa de abrir un bar night-club”. Stauffer fue apodado ‘Mr Acapulco’ porque convirtió a la ciudad en el primer destino turístico a nivel internacional para muchas celebridades, entre ellas, Frank Sinatra, Elizabeth Taylor o Lana Turner.

Después, Samantha volvió a Ciudad de México. Su cacterístico don de gentes siempre le ha abierto muchas puertas: “Yo tenía lo que García Lorca llamaba duende y que aquí en México decimos ángel

El día que nació Samantha

Una noche de los años 60, un amigo de Samantha organizó una fiesta de disfraces. Entre el grupo de amigos, uno dijo: “¿Por qué no nos vestimos de mujer?”. Todos rieron, “¿quién iba a vestir, por favor?”, exclama la activista.

Lo que comenzó como una broma acabó con todos vestidos de mujer. Eligió el nombre de Samantha por Grace Kelly en ‘Alta Sociedad’, película con música del compositor Cole Porter, su ídolo desde pequeña. “Bing Crosby, que era el marido de Grace Kelly en la cinta, le compuso la canción ‘Samantha’ y le llamaba Sam, entonces me gustó porque podía ser también de Samuel”.

Del grupo, Samantha era la que se encontraba más a gusto y empezó a notar que algo le pasaba. Echaba las culpas a la ciudad pero, “no era Méxcio, era yo la que no me encontraba”, cuenta. Después de cambiar de país varias veces, regresó a su ciudad en los 70 y, por fin, encontró su verdadera identidad: “un amigo me dijo “¿ya estás decidida a ser Samantha para toda tu vida?”, y le dije que sí”.

Hace tan solo tres años que es legal en México cambiar la identidad. Por lo que, en esa época, Samantha estaba fuera de la ley. Pero, gracias a sus amigos que siempre le han apoyado, nunca tuvo ningún problema: “Sin mis amigos no soy nadie. Me conseguían trabajo y gracias a ellos sobreviví”, afirma con rotundidad.

“Gracias a Dios, nunca me he quedado sin comer por falta de dinero”, dice. “Me he quedado sin comer por ‘la pachanga’, por preferir dormir a comer, pero no por no tener trabajo”, cuenta mientras ríe.

Aunque Samantha sostiene que nunca ha tenido ningún problema gracias a su entorno, también defiende que es algo que se ha ganado: “Si tú quieres que la gente te respete, tienes que respetar a la gente”. Y así ha conseguido el cariño de sus vecinos: “Cuando me mudé aquí dije en este departamento no va a haber ni una gota de alcohol. Y así ha sido”. Tras 35 años viviendo en el mismo apartamento, “todo el mundo en mi calle me conoce, sabe quién soy y nunca me han insultado ni me han agredido”. Igualmente, su edificio lo describe como “una gran familia”. La solidaridad entre el vecindario siempre ha estado presente, pero, como destaca Samantha, este apoyo ha crecido aún más durante la pandemia.

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