Familias burbuja o por qué criamos en soledad (y cuatro clavos a los que agarrarse). – Solidaridad Intergeneracional
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Familias burbuja o por qué criamos en soledad (y cuatro clavos a los que agarrarse).

Familias burbuja o por qué criamos en soledad (y cuatro clavos a los que agarrarse).

Pese al proverbio africano según el cual para criar a un hijo hace falta una tribu, la realidad marca un sendero bien diferente. Tal concepto, el de tribu, anda bastante deshilachado entre familiares lejanos y vecinos desconocidos. Hay excepciones, pero en general, las ciudades son hostiles para tener niños. Hoy hablamos de este desierto y de algunos oasis.

Mar Muñiz

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Con una población cada vez más envejecida, España se enfrenta al reto demográfico de aumentar la natalidad. Nacen pocos niños, ese es el quid de la cuestión. Las mujeres empezamos tarde (con 31,2 años) y cuando nos ponemos, lo hacemos con cautela. Eso de las multitudes hace mucho que quedó atrás.

Según Eurostat, la tasa de fecundidad en 2020 bajó a los 1,5 hijos por mujer, pero las españolas nos quedamos por debajo, incluso, de esa cifra: tenemos 1,19 criaturas de media y así, somos las segundas por la cola, sólo por delante de Malta.

Las razones están muy contadas y vienen a resumirse en la búsqueda de una estabilidad personal, laboral y económica que les permita adentrarse en el impredecible viaje de la maternidad con una cierta seguridad. Con los mínimos mimbres atados, después ya que salga el sol por Antequera.

Estas reservas ante la reproducción también quedaron negro sobre blanco en la encuesta que Sigma Dos realizó para Yo Dona y que publicamos con motivo del Día de la Madre.

A tenor de esa solvencia económica tan deseada, es también reciente un estudio en virtud del cual criar a un hijo cuesta más de 300.000€ euros desde el nacimiento hasta su emancipación, así que no, no parece un asunto para tomarse a la ligera.

La crianza sin tribu

Sobre las razones menos cacareadas tiene que ver ese proverbio africano que dice que “para educar a un niño hace falta la tribu entera”. Vamos a ver: ¿qué tribu es esa? ¿Es la familia? ¿Los amigos? ¿Los cuidadores? Probablemente todos tejen una red cubriente, pero cada vez más, a la hora de la verdad, cerramos la puerta de casa y nos quedamos en soledad.

Sin esa tribu, dice Marta Erill, creadora del blog Una mamá de otro planeta, la crianza resulta muy dura. Admite que criar es único y precioso, pero muy exigente. “Lo duro, lo duro de verdad es que criamos sin tribu”, dice. Se precisa una red, continúa, que nos sujete cuando caemos o que nos apoye cuando no llegamos a todo: “Necesitas familiares, vecinos, amigos que vengan, que te echen una mano, que te escuchen, que te vean”. Nada más ni nada menos.

Rut Abad, antropóloga y profesora de OBS Business School, explica que el modelo familiar ha cambiado: “Hemos pasado de una extensa, en la que teníamos cerca a tíos, primos, etc., a otro nuclear, formado por uno o dos progenitores”.

“Como humanos necesitamos vivir en comunidad“, dice Abad, no sólo para criar hijos, sino como modo de estar en el mundo. El sistema productivo y el urbanismo tampoco ponen nada de su parte: “Cada vez nos individualiza más y las ciudades no están pensadas para habitarlas sino para transitar por ellas”, afirma. Falta tiempo, pero también bancos para sentarse, parques, plazas y espacios comunes donde tejer esa tribu que se va desvaneciendo.

Otra vez el Covid-19

El Covid-19, culpable de tantas cosas y ‘comodín del público’ para todo, también, claro, aparece aquí. El coronavirus fue un espejismo, en tanto que hizo de resorte para la generación de redes solidarias de proximidad ante la emergencia pandémica. Pero también, explica la antropóloga, ha supuesto una pérdida de la confianza en el otro, piedra angular y premisa ‘sine qua non’ para generar lazos con los demás. O sea, que bien y mal.

Si pensamos en tribus y en crianza, el concepto de cuidados está tardando en aparecer en este texto. Empezamos, pues. Dice Rut Abad: “Como sociedad tenemos pendiente reconocer que los cuidados son también economía, que son actividades productivas. La parte de la visibilización es importante, pero sin olvidar destacar el aporte material que suponen. Sin los cuidados, el sistema no funciona”.

1. El colegio como agente comunitario

Pero en todos los desiertos hay oasis y hoy hablaremos de cuatro de ellos. Rut Abad afirma que en la actualidad los colegios son espacios de socialización muy vivos. De hecho, su papel como agente comunitario se remonta a los años 70, cuando la periferia de grandes ciudades vivió un gran desarrollo: “Estas asociaciones fueron las que empezaron a pelear por los recursos y actuaron como punto de encuentro para muchas mujeres, como antes fueron las iglesias”, dice.

“El colegio es un buen lugar para compartir con tu grupo de iguales, por lo que los centros educativos pueden y deben facilitar estos encuentros informales tanto entre menores como entre adultos”, concluye la antropóloga.

Diana Oliver es periodista y acaba de publicar ‘Maternidades precarias’, un libro en el que lanza muchas preguntas con la excusa de hablar de la maternidad, de qué necesitan las familias para criar y de lo que, en cambio, tienen.

“Hablamos de conciliación pero hay mucho más detrás: los sueldos bajos, la carestía de la vivienda, la falta de redes… Existe una precariedad estructural que afecta a lo personal y a lo económico. Nos atraviesa en todo y esto influye en cómo criamos a nuestros hijos”, afirma.

Oliver insiste también en la idea de que las familias están cada vez más solas, pese a que se necesitan “10 o 20 manos” para criar. “Pero los horarios imposibles y el trabajo, que nos absorbe todo el día, lo hacen imposible. No le damos valor a los cuidados“.

Metidos en nuestras burbujas, entonces, ¿cómo podemos salir de ellas? Sin cambios sociales y políticos que lo favorezcan, la autora apuesta por la proactividad: “Tenemos que empezar por nosotras mismas y generar alianzas a nuestro alrededor, con nuestros vecinos, por ejemplo. Llamar, ofrecer“.

En la línea de lo señalado por Rut Díaz, Diana Oliver, madre en pareja de dos niños pequeños, ha encontrado en el colegio esa tribu que a veces falta. “Criar en una ciudad tan grande como Madrid no es lo más amable, pero en el colegio tenemos un grupo que nos retiene”, relata. Dentro de él se ayudan, se divierten, hacen planes, se sostienen. “Es una de las mejores cosas que me han pasado”, dice sin dudar. “Es muy importante saber que puedes llamar a alguien si tienes un contratiempo. Hemos hecho comunidad”.

A falta de otros espacios públicos donde estar y generar lazos, el colegio puede ser, por tanto, una buena baza de cohesión. Para ello, claro está, se necesitan actividades grupales fuera de la jornada, “no solo vernos en la puerta, soltar al niño y ya está“, remata Oliver.

2. Llamar al timbre del vecino: la osadía

Vemos en series americanas que los vecinos se dan la bienvenida con un bizcocho. Por aquí quizá esto sea infrecuente, pero no lo ha sido sacar las sillas al fresco para charlar a la caída del sol. Sin tener que remontarnos a contextos rurales (por lo de las sillas al fresco), hace décadas uno podía formar una familia postiza en el rellano.

Los vecinos eran personas de confianza a los que pedir dos huevos, un puñadito de arroz o ayuda para reparar el fregadero. Y también estaban dispuestos para quedarse con niños ajenos para jugar o para cubrir a los padres ante cualquier imprevisto.

Ahora el cuento es otro y muchas veces no sabemos ni el nombre del que escuchamos al otro lado del tabique. Mucho menos vamos tocar a su timbre para que se quede con nuestro hijo mientras salimos a hacer un recado. En estos tiempos, de hecho, es casi una osadía.

Si no fuese por el soporte que suponen y mi amistad con los vecinos, nos hubiésemos mudado a otro piso más grande

Pero, hay excepciones que son otro oasis en el desierto. Lucía R. tiene 52 años y dos hijos. Vive en el centro de Madrid, en una urbanización pequeña de pisos que ha funcionado “como un pueblo” y que le ha salvado la logística infantil de una manera decisiva.

“Cuando mis hijos tenían 2 y 7 años mi marido se fue a trabajar fuera. Estuve sola con ellos cinco años“, explica y recuerda que ellos fueron un soporte esencial en su crianza durante aquella época. La red que ha formado con sus vecinos se compone de tres familias y esa alianza, cuenta, surgió de manera espontánea cuando sus hijos bajaban a la piscina comunitaria.

“Siempre me dieron pereza las relaciones vecinales pero ellos son los que llegan antes porque están más cerca. Para mí son amigos. Ha sido una suerte tenerlos y lo sigue siendo”, dice. Tanto es así que son ellos los que retienen a la familia a la zona: “Si no, nos hubiésemos mudado a otro piso más grande”, asegura.

3. Siempre nos quedará internet

Si la familia está lejos, el cole de los niños cierra la puerta con llave cuando se acaban las clases y los vecinos nos resultan extraños, siempre hay un roto para un descosido. En este caso, internet ha sido el nuevo París de ‘Casablanca’, o sea, se ha erigido en tribu o, mejor dicho, en cibertribu.

Mónica de la Fuente es periodista y fundadora de Madresfera, un portal especializado en maternidad, crianza y educación. Ahora acaba de publicar ‘Adiós expectativas, hola realidad’, un libro en el que habla con humor y empatía de lo que ha aprendido sobre maternidad por su experiencia personal (tiene dos hijos) y su trabajo en la red.

“Cuando hace 13 años nació mi primera hija lo viví en un aislamiento total. Mi madre acababa de fallecer y empecé a escribir mis experiencias en un blog. En seguida encontré a otras mujeres que querían compartir lo mismo y se creó esta comunidad”, relata. Hoy Madresfera aglutina a unos 4.500 creadores de contenido, tiene un podcast diario desde hace cinco años y 50.000 seguidores en Twitter. Está claro que interés por encontrarse, aunque sea en el ciberespacio, había…

Para que alguien te recoja a los niños del cole, ¡necesitas una autorización firmada!

“Madresfera ha sido nuestra nuestra silla en la puerta del pueblo donde muchos nos hemos desahogado. Además de darme un trabajo, personalmente me dio la vida”, dice. Mónica se queja, como todas antes en este reportaje, de la soledad de las familias (más todavía si son monoparentales), de la falta de espacios comunitarios, de la pérdida de la confianza en los de al lado. “Para que alguien te recoja a los niños del cole, ¡necesitas una autorización firmada! Y para que se quede en tu casa, tienes que quedar por Whatsapp, apuntarlo en la agenda… Un lío”, protesta. “Es institucionalizar el individualismo y la extensión de la filosofía del ‘apáñate como puedas'”.

4. La profesión de crear redes

Vale, de acuerdo. Vivimos de puertas para adentro y criamos del mismo modo. Intentamos escapar de esa soledad a través del colegio, de los vecinos, de internet… Parece que estamos oxidados en eso de hacer comunidad, pero para esto también hay remedio: un profesional puede darnos un empujoncito, si, como parece, la espontaneidad anda adormecida o entorpecida.

Maria Folch (47 años) es artista, educadora artística y asesora educativa especializada en crianza positiva y pedagogías de la creatividad. Ha creado y participado en proyectos de cooperación entre familias en España, EEUU e Italia, donde reside actualmente. Es decir, ha hecho de la creación de comunidad una profesión.

Hace 12 años nació su hija. No tenía ayuda familiar y ahí empezó todo: “Comencé a organizar charlas con profesionales en el barrio en el que vivía, a las que en seguida se unieron otras familias que querían sentirse acompañadas durante la crianza”, cuenta. De ahí surgió MamaG. Criança i Educació, una asociación que todavía continúa en Barcelona.

“En Nueva York asesoré a familias individuales, participé en grupos de crianza compartida y de escuelas-bosque urbanas, realicé actividades artísticas con adultos y niños donde crear vínculos y participé en experiencias como una cadena solidaria para llevar comida a las mujeres en el posparto“, relata. Ahora, en Reggio Emilia (Italia), donde vive, continúa con su trabajo colaborando con escuelas y otras instituciones, como el Centro de Familia del Ayuntamiento, y en la formación de profesionales y familias, entre otras vías.

Maria Folch se dedica a esto porque cree que el ser humano es un ser social y porque llega a la crianza con muchas necesidades sin cubrir, sea por falta de apoyo logístico, emocional, económico, de espacios de juego, de conocimiento de la infancia por parte de los adultos..



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