13 Feb La España que cuida empieza por sus pueblos
La urgencia de construir comunidades verdaderamente amigables para todas las edades
En un país como el nuestro, donde la esperanza de vida supera los 84 años y donde más de 7,5 millones de personas viven en entornos rurales, hablar de “pueblos amigables” ya no es una opción bonita: es una necesidad urgente, un derecho colectivo y un termómetro de justicia social.
Porque envejecer bien no depende solo de los años, ni de los genes, ni de la voluntad individual. Depende —y mucho— del lugar en el que uno vive, del código postal. Del acceso al centro de salud, del banco que no ha cerrado, del transporte que sí pasa, del vecino que todavía saluda, del banco a la sombra donde sentarse a mirar la vida pasar.
Los pueblos son, a menudo, la cuna de vínculos más sólidos, de memorias compartidas, de formas de vida más humanas. Pero también pueden convertirse en paisajes hostiles si se vacían de servicios, de oportunidades y de presencia pública. Ser un “pueblo amigable” no significa pintar murales o poner carteles inclusivos. Significa garantizar que toda persona —niño, mujer, mayor, migrante, dependiente— pueda vivir con dignidad, autonomía y pertenencia.
Una red que se teje entre generaciones
Los pueblos amigables son aquellos que comprenden que la vejez no es una carga, sino una etapa valiosa de la vida. Que tener 70, 80 o 90 años no te excluye del derecho a participar, a decidir, a seguir soñando. Que la infancia necesita plazas sin coches, pero también abuelas y abuelos que cuenten historias. Que la diversidad no resta identidad: la enriquece.
Promover pueblos amigables significa escuchar a quienes ya viven allí, pero también facilitar que otros puedan llegar o volver. Significa facilitar viviendas adaptadas, espacios accesibles, redes de cuidados, conexión digital, actividades culturales… Y, sobre todo, significa tejer comunidad.
No hay tecnología más potente “No hay tecnología más avanzada que un vecino que llama para preguntar: ¿te hace falta algo? No hay política más revolucionaria que una escuela rural que sigue abierta. No hay inversión más rentable que garantizar la autonomía de una persona mayor en su propio entorno.
El desafío y la oportunidad
Todavía los pueblos conservan lo esencial: escala humana, tejido social, memoria viva, sentido del tiempo. Lo que exigimos es apoyo, reconocimiento y presencia institucional. Apostar por pueblos amigables no es solo una estrategia rural: es una declaración de qué tipo de país queremos ser.
Porque lo contrario de la hostilidad no es solo la ausencia de agresión: es la hospitalidad. Y en esa hospitalidad se juega algo más profundo: el futuro de una sociedad que respeta, cuida y reconoce a cada uno de sus miembros, en todas las etapas de la vida.
Esa hospitalidad requiere pasar de las palabras a los hechos, con presupuestos, normativas, profesionales, incentivos, formación, evaluación. La amabilidad no es una cualidad espontánea: se cuida, se entrena, se protege y debe formar parte de la arquitectura de nuestras políticas.

