El apoyo social, el antídoto para evitar los males de la soledad.

El apoyo social, el antídoto para evitar los males de la soledad.

Vivir y sentirse solo o sola perjudica gravemente la salud de las personas mayores. Para evitar los riesgos asociados a la soledad, las conexiones humanas, la participación social y las relaciones de amistad se han convertido en importantes indicadores de calidad de vida y en una garantía de bienestar para la gente de más edad.

Envejecimiento en Red

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No existe mejor antídoto contra el sentimiento de soledad que hablar y relacionarse con otras personas en el día a día.

De las 1,71 millones de personas mayores de 70 años que viven solas en España, unas 192.000 (11,2%) no tienen con quien hablar de sus problemas cotidianos y sentimientos. El dato que arroja la Encuesta de Características Esenciales de la Población y las Viviendas (ECEPOV 2021) alerta de cierta vulnerabilidad entre estas personas —mayoritariamente mujeres— al correr el riesgo de sufrir más achaques de salud y vivir más desanimadas. Los datos del INE muestran que el apoyo social hacia las personas que viven solas disminuye durante la etapa adulta para incrementarse a partir de los 60 años conforme la gente va adentrándose en la senectud.

El porcentaje más elevado de personas mayores que viven solas sin apoyo social se registra en la ciudad autónoma de Ceuta, duplicando el dato nacional. A continuación se sitúan Canarias y Castilla y León, donde más del 13% de la gente mayor residente en hogares unipersonales no tiene con quien hablar de sus sentimientos. En el lado opuesto de la balanza aparecen la Región de Murcia y La Rioja con porcentajes por debajo del 9%.

La importancia de los hijos

A la hora de recibir apoyo social, las personas mayores se apoyan principalmente en sus hijos e hijas para evitar sentirse solas. A medida que la gente va cumpliendo años, los vástagos toman el relevo de amigos, vecinos y parientes, que durante la etapa adulta son la principal fuente de apoyo social entre las personas que residen en soledad.

Esta circunstancia podría verse alterada en el medio y largo plazo. En un contexto de caída de la fecundidad y aumento del porcentaje de madres solteras y mujeres que no son madres, el apoyo en los hijos e hijas durante la senectud podría reducirse en detrimento de otros tipos de relación. En el peor de los casos, también podría provocar un aumento de las personas que no tienen con quien hablar de sus problemas cotidianos, incrementándose de esta forma la incidencia de los riesgos asociados a la soledad.

Además del papel vital de los hijos, la proximidad física es otro factor importante a la hora de proporcionar apoyo social. En torno al 95% de las personas que se relacionan con las personas que viven solas residen en el mismo municipio o en la misma provincia en todas las franjas de edad, si bien el porcentaje referido al primer grupo aumenta a partir de los 70 años. Estas cifras podrían indicar que, a pesar de vivir en una época de comunicación a distancia y nuevas tecnologías, el contacto físico y cercano se antoja aún fundamental para evitar la sensación de soledad, ya que es de esperar que a mayor proximidad, mayor probabilidad de quedar en persona para hablar.

Equiparable a ser fumador leve

Como ya hemos apuntado anteriormente, la participación social es una dimensión clave para el envejecimiento activo y un importante indicador de calidad de vida. El recientemente publicado Manual de envejecimiento activo y calidad de vida [Handbook of Active Aging and Quality of Life], editado por las investigadoras del IEGD-CSIC Fermina Rojo-Pérez y Gloria Fernández-Mayoralas, dedica un capítulo entero a la soledad y a cómo prevenirla, además de resumir los principales factores de riesgo y las consecuencias de la soledad.

Muchos de los factores de riesgo biológico y asociados a las diferentes etapas de la vida apuntan a cierta vulnerabilidad entre las personas mayores. Es el caso de la edad (mayores de 80 años), el sexo (mujeres), no estar casada o tener muy pocos o ningún hijo, tener mala salud o déficit cognitivo, y vivir solo o en residencias.

El sentimiento de soledad también tiene consecuencias en la salud y el bienestar de las personas. Los autores del capítulo apuntan a la soledad como un importante factor de riesgo de mortalidad, comparable incluso a ser fumador leve, lo que supone un incremento del riesgo de fallecimiento entre el 26% y el 38%. Además, la soledad reduce la probabilidad de practicar alguna actividad física, predice un menor nivel de satisfacción con la vida y juega un papel fundamental en el bienestar subjetivo.

Es importante remarcar que vivir solo o sola no es sinónimo de sentirse así. En este sentido, las relaciones de amistad, cruciales durante toda la vida, cobran mayor importancia en edades avanzadas, siendo a menudo la principal fuente de apoyo e interacción social y uno de los recursos más trascendentales para el bienestar de las personas mayores. El entorno físico también influye. Las características del barrio, los espacios verdes y peatonales, la conectividad y la accesibilidad de las calles, el transporte y la seguridad vial facilitan la participación social dentro de la comunidad. Los programas de bienestar y de inclusión social para grupos minoritarios también pueden ayudar a reducir la sensación de soledad en las personas mayores.



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