03 Sep De campamento con mis abuelos: «Aprendo que a los mayores se les olvidan las cosas».
Romper con la cultura del rechazo hacia la vejez es uno de los objetivos principales de este proyecto.
2026. ABC
Carlota Fominaya
Cada vez son más las residencias de mayores que ponen en marcha iniciativas donde niños y mayores comparten espacios, disfrutan y aprenden juntos. Este tipo de campamentos intergeneracionales, de marcado carácter social, persigue un doble objetivo: combatir la cultura de rechazo hacia la vejez y favorecer el encuentro entre dos mundos, aparentemente lejanos entre sí, pero con mucho más en común de lo que parece.
De hecho, nada más entrar en la residencia de Amavir Getafe ya se pueden escuchar los alegres gritos de los críos que asisten a esta original convocatoria. No solo traen un cierto caos al marcado orden habitual de esta organización sino que, en palabras de la directora del centro, Manuela Peña, «ponen las pilas a los residentes».
Tanto, que la abuela de Alba (12 años), se quita el oxígeno y se levanta para darle un abrazo cuando la ve aparecer por la puerta. «Es curioso, pero hemos detectado que mientras estas ‘colonias’ tienen lugar, los residentes enferman menos y disminuyen también las visitas a urgencias. Una vez que finaliza la actividad y recuperan la rutina habitual, estos indicadores vuelven a sus niveles anteriores».
Para estos residentes, el contacto con los niños puede convertirse en uno de los momentos más importantes del día. «Un niño que se acerca por la mañana, les llama por su nombre, les da un beso o les busca expresamente para que participen en una actividad genera un vínculo emocional que va mucho más allá de una conversación. El contacto físico y afectivo tiene, en este sentido, un valor especial. No se trata únicamente de sentarse frente a frente alrededor de una mesa, sino de compartir gestos de cariño espontáneos que repercuten directamente en el bienestar emocional de los mayores», expone la directora del centro. La experiencia, prosigue, «también permite comprobar hasta qué punto los niños desarrollan vínculos concretos con determinados residentes. Preguntan por ellos, quieren volver a verlos y buscan compartir actividades con quienes ya conocen. Esa relación se construye de manera natural y acaba convirtiéndose en una de las principales riquezas del proyecto». Los asistentes, puntualiza, «son nietos o bisnietos de las personas ingresadas, hijos de trabajadores, primos o hermanos… por lo que muchos tienen una cierta relación previa con los ancianos pero, con el paso de los días, la familiaridad se extiende a todos y cada uno de los mayores que se apuntan a las actividades. Los niños no tienen prejuicios, y llaman ‘abuelos’ a todos’».
Todas las mañanas, los menores pasan a saludar por todas y cada una de las plantas, donde los usuarios presentan diferentes niveles de dificultad y dependencia. «No nos saltamos ninguna, ni siquiera donde están los mayores con mayor afectación. Consideramos que esta convivencia contribuye a normalizar la dependencia y el envejecimiento. Los niños comprenden que cada persona tiene sus propias características y aprenden a adaptarse a ellas. Saben que si un mayor grita o dice algo inconveniente es porque está ‘enfermo’ y no lo viven como algo incómodo».
Aprendizaje mutuo
Una de las cosas que más llama la atención es precisamente la vivencia que expresan los propios menores. Olivia, de 10 años, y alumna de 5º de Primaria, cuenta «que está aprendiendo muchas cosas y que le llama la atención una: no sabía que los abuelos se van olvidando de las cosas y hay que ayudarlos».
Aprenden esto, aclara Lourdes Cascón, terapeuta ocupacional, «y también que los mayores pueden enfadarse con mayor facilidad o que presentan determinadas peculiaridades. De esta manera, entienden que envejecer forma parte de la vida y que pueden ocurrir diferentes circunstancias, pero que el acompañamiento y el cariño permiten afrontar ese proceso de una manera más amable». La relación desde edades tempranas con personas de edad, asegura Manuela Peña, «permite que los niños entiendan el envejecimiento como una etapa más de la vida, en lugar de verlo desde la distancia o el rechazo. Además, se produce un auténtico intercambio entre ambas generaciones».
Además, los usuarios de nuestra residencia que asisten al campamento, relata Delia Gómez, psicóloga de Amavir Getafe, «enseñan a los niños numerosas cosas: juegos antiguos, historias de su infancia, experiencias y conocimientos adquiridos a lo largo de los años. Los pequeños, por su parte, les ayudan con la tecnología, los juegos o determinadas actividades. Se establece así una relación de igual a igual donde todos ganan». Aunque el taller de cocina de hoy, que sucede al ritmo de Shakira, son las abuelas las que juegan con ventaja ya que son ellas las que dominan las recetas», apunta Peña.
Independientemente del matiz, es evidente que los beneficios, asegura esta profesional, son mutuos. En el caso de los residentes, los efectos son muy visibles. Durante las actividades, asegura la psicóloga, «se muestran más despiertos, reactivos y atentos. Se observa una atención más sostenida y una mayor implicación cognitiva. Quieren participar, explicar a los niños cómo hacer las cosas correctamente y evitar defraudarles. El componente social actúa como un estímulo añadido».
«Los mayores no solo transmiten conocimientos, sino que reciben de los niños una atención y un afecto que pueden resultar especialmente importantes para quienes tienen poca o ninguna relación con sus familias. Hay que tener en cuenta que a algunos no tienen visitas. Que estos pequeños participantes les llamen por su nombre, y muestren interés por volver a encontrarse con ellos, no tiene precio», admite la directora.
Entre los participantes hay residentes de edades muy avanzadas. Algunos tienen 87 u 88 años y otros superan los 90, en una residencia con una edad media elevada y con numerosos usuarios con distintos grados de dependencia. Precisamente por ello, concluye Peña, «la convivencia con los niños adquiere un valor añadido: permite que las personas mayores sean vistas más allá de su dependencia y que los pequeños se relacionen con ellas desde la normalidad. Es muy importante que los niños comprendan que las personas mayores han contribuido a construir la sociedad en la que viven y que, con el paso del tiempo, serán ellos quienes tengan que cuidar y ayudar a otros».
