06 Jul La sororidad y la nueva masculinidad: un camino compartido hacia la igualdad.
Según el filósofo Habermas, recientemente fallecido, la sororidad busca corregir una asimetría estructural injustificable.
2026. 20Minutos
José María de la Riva
Durante siglos, la historia de la humanidad ha estado marcada por una profunda desigualdad entre mujeres y hombres. Este desequilibrio no ha sido casual ni natural, sino el resultado de un sistema social, cultural y simbólico que ha otorgado al hombre una posición dominante y ha relegado a la mujer a un papel secundario, subordinado o invisible. La consecuencia de este sometimiento prolongado ha sido la negación sistemática de derechos, oportunidades y espacios a más de la mitad de la población mundial.
Hoy, en un momento histórico de transformación global, se hace imprescindible repensar las relaciones humanas desde un modelo basado en la igualdad real. En este proceso intervienen dos conceptos íntimamente ligados y complementarios: la sororidad y la nueva masculinidad. Ambos no son consignas ideológicas ni modas pasajeras, sino propuestas éticas, racionales y profundamente humanas.
La sororidad: una decisión ética y transformadora
Dice el filósofo Jürgen Habermas, recientemente fallecido, en su libro Teoría de la acción comunitaria, que la sororidad busca corregir una asimetría estructural injustificable, cumple con el criterio de universalización propio de la ética.
La sororidad es, ante todo, una elección consciente. Supone la toma de conciencia de las mujeres como colectivo históricamente discriminado y la construcción de una alianza basada en la lealtad, el apoyo mutuo y la empatía. No nace del enfrentamiento con el hombre, sino de la necesidad de sanar una herida estructural que ha impedido durante siglos el ejercicio pleno de la igualdad.
La sororidad debe superar ideologías, culturas y fronteras. No exige uniformidad de pensamiento, sino reconocimiento mutuo. Implica comprender que las desigualdades sufridas no son individuales, sino sistémicas, y que solo a través del apoyo entre mujeres puede romperse el aislamiento que tradicionalmente ha debilitado sus luchas. La sororidad incentiva, acompaña y refuerza la autoestima colectiva, generando una fuerza transformadora capaz de modificar estructuras sociales profundamente arraigadas.
Convertir la sororidad en un valor universal implica reconocerla como un pilar para la justicia social. Por ello, resulta legítimo y necesario promover un espacio institucional global —como el marco de las Naciones Unidas— que declare el 19 de septiembre como Día Internacional de la Sororidad, tal como propuso en su 6º Congreso, celebrado en septiembre de 2025 en República Dominicana, la organización internacional World Women Talent System (WWTS), visibilizando su importancia y fomentando su práctica en todas las sociedades.
El poder compartido: una condición indispensable para la igualdad
Como señala Hannah Arendt en La condición humana, el poder auténticamente político solo existe allí donde los seres humanos actúan conjuntamente como iguales en un mundo compartido.
La desigualdad entre mujeres y hombres no se manifiesta únicamente en el ámbito legal o laboral, sino también en la ocupación del poder y del espacio. Históricamente, el poder ha sido concebido y ejercido desde una lógica masculina de control, jerarquía y exclusión. Arendt, en Sobre la violencia, dice que el poder no es una propiedad individual, sino una capacidad relacional que surge de la acción concertada. La exclusión de las mujeres del espacio público —entendido como ámbito de palabra y acción— implicó su confinamiento al espacio privado, anulando su capacidad política.
La consecuencia ha sido la apropiación del espacio público, político y simbólico por parte del hombre, dejando a la mujer en posiciones subordinadas. La división de género del trabajo y del cuidado ha situado históricamente a las mujeres en una posición de disponibilidad permanente para lo privado, limitando su acceso a lo público.
La ciudad debe ser pensada para todas las personas. El hogar debe ser un espacio de corresponsabilidad”
Nancy Fraser, intelectual, filósofa y feminista de EEUU, dice que esta exclusión no se mantiene únicamente por medio de normas jurídicas discriminatorias, sino a través de prácticas culturales, roles de género y distribuciones asimétricas del tiempo y del cuidado que limitan la participación efectiva de las mujeres en la deliberación pública.
Alcanzar la igualdad no consiste en sustituir un dominio por otro, sino en aprender a compartir el poder. Compartir implica renunciar al privilegio entendido como derecho natural. Implica reconocer que los espacios de relación —la ciudad, el hogar, el trabajo, la vida pública— no pueden seguir organizándose en función de las necesidades exclusivas del hombre. Jürgen Habermas en su libro Factidad y validez, de finales del siglo XX, plantea que la legitimidad democrática depende de procesos inclusivos de formación de la voluntad colectiva.
La ciudad debe ser pensada para todas las personas. El hogar debe ser un espacio de corresponsabilidad. La toma de decisiones debe reflejar la diversidad humana. La igualdad no es una concesión, es una exigencia ética.
La nueva masculinidad: aprender, desaprender y respetar
La sororidad, por sí sola, conduce inevitablemente a una reflexión profunda sobre la masculinidad. El hombre contemporáneo se enfrenta al desafío de revisar un modelo que durante siglos le ha otorgado el poder a costa de la exclusión de la mujer. La nueva masculinidad no supone una pérdida de identidad, sino una ampliación de esta. En las “Jornadas SORORIDAD 2030: Juventud que Transforma el Futuro”, celebradas en Cabrera (RD) del 10 al 12 de septiembre de 2025 y organizadas en el marco de la Alianza de la World Women Talent System (WWTS) y el Distrito Educativo 14-02 de República Dominicana, el poeta e historiador dominicano Juan Colón planteó de forma brillante la necesidad de una nueva masculinidad.
Recientemente el digital theconversation.com, publicó un artículo titulado La masculinidad igualitaria también es mejor para los hombres, elaborado por las profesoras Gálvez Sánchez, Limiñana Gras y el profesor Camacho Ruiz, de la Universidad de Murcia, en el que abordan este nuevo concepto frente a la masculinidad hegemónica.
Ser hombre en igualdad implica aprender a relacionarse desde el respeto, la empatía y la corresponsabilidad. Supone desaprender comportamientos normalizados que han perpetuado el desprecio, la invisibilización o la negación de la mujer como sujeto pleno de derechos. No se trata de culpa, sino de responsabilidad histórica.
La nueva masculinidad no es ideológica; es racional y natural. Nace del reconocimiento de que toda sociedad que discrimina a una parte de sí misma está condenada a la injusticia y al conflicto. El hombre que comprende la igualdad no pierde poder, gana sensibilidad.
Igualdad como horizonte común
La igualdad entre mujeres y hombres no es una amenaza para nadie. Es un horizonte compartido que mejora la convivencia, fortalece la democracia y enriquece las relaciones humanas. La sororidad y la nueva masculinidad no avanzan por caminos separados, se necesitan mutuamente.
Las mujeres, organizadas desde la lealtad y el apoyo mutuo, aceleran el cambio. Los hombres, dispuestos a revisar su rol y a compartir espacios y decisiones, lo hacen posible. Juntos construyen un modelo de sociedad más justo, más equilibrado y humano.
Declarar la sororidad como un valor universal y promover una nueva masculinidad consciente son pasos imprescindibles para cerrar una brecha histórica. No se trata de una lucha entre géneros, sino de un acto de justicia. La igualdad entre mujeres y hombres no es una opción ni una ideología, es una condición necesaria para la dignidad humana.
