07 Abr Los niños con autismo no se relacionan y otros mitos a desterrar.
Cómo identificar las primeras señales de este trastorno y a quien acudir.
2026. ABC
Sandra Barbacil
Cada 2 de abril, el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo invita a detenerse y mirar una realidad que forma parte del día a día de miles de familias. Sin embargo, para quienes conviven con el Trastorno del Espectro Autista (TEA), la necesidad de comprensión, apoyo y recursos no se limita a una fecha concreta.
El autismo está presente en hogares, aulas, espacios de ocio y entornos laborales. Y, pese a los avances de los últimos años, sigue siendo un trastorno rodeado de desconocimiento, especialmente en lo que respecta a su diversidad y a las distintas formas en las que se manifiesta.
El objetivo de esta jornada no es solo visibilizar, sino también contribuir a una mejor comprensión social. Porque entender el autismo es, en gran medida, el primer paso para mejorar la calidad de vida de las personas que forman parte del espectro y de sus familias.
El autismo es un trastorno del neurodesarrollo que implica dificultades persistentes en dos grandes áreas: la interacción social y los patrones de comportamiento, que pueden ser repetitivos o inflexibles. Tal y como explica Javier Luengo, director de Plena Inclusión Madrid, «hablamos de Trastorno del Espectro Autista porque las necesidades de apoyo aparecen en diferentes grados de severidad y afectación en la vida diaria».
Este matiz es fundamental. El concepto de «espectro» refleja que no existe una única forma de autismo. Hay personas que requieren apoyos intensos en múltiples áreas, mientras que otras pueden desenvolverse con mayor autonomía, aunque con dificultades que no siempre son visibles. Uno de los errores más extendidos es asociar el autismo a una imagen concreta. Sin embargo, la realidad es mucho más amplia y diversa.
Otro de los mitos que persiste es la idea de que las personas con autismo no desean relacionarse. La evidencia y la experiencia de las propias personas dentro del espectro lo desmienten: con los apoyos adecuados, disfrutan de las relaciones sociales, especialmente cuando se desarrollan en entornos comprensivos y adaptados.
Las primeras señales: cuándo empezar a observar
Uno de los aspectos que más preocupa a las familias es la detección temprana. Identificar las señales de alerta en los primeros años de vida permite intervenir antes y mejorar el desarrollo del niño. La doctora Iria Teresa Rodríguez López, psiquiatra infantil, subraya la importancia de este momento: «La detección precoz es fundamental porque el cerebro en los primeros años de vida tiene una gran neuroplasticidad. No se trata solo de diagnosticar antes, sino de empezar a ayudar antes».
Las señales pueden aparecer antes de los 12 meses. Entre ellas destacan la falta de contacto visual, la ausencia de sonrisa social, la escasa respuesta al nombre o el poco interés por interactuar. A medida que el niño crece, pueden observarse otras señales, como retrasos en el lenguaje, dificultades en la comunicación no verbal, ausencia de juego simbólico o conductas repetitivas. También es frecuente la presencia de alteraciones sensoriales, como una sensibilidad extrema a los ruidos o determinadas texturas, así como dificultades en la alimentación o el sueño. Por qué el diagnóstico no siempre llega a tiempo
A pesar de que cada vez existe mayor conocimiento, el diagnóstico del autismo no siempre es temprano. En España, la edad media se sitúa en torno a los 5 o 6 años, aunque en muchos casos puede retrasarse aún más. Esto ocurre especialmente en perfiles más sutiles o en niñas, donde las manifestaciones pueden ser menos evidentes. La doctora Rodríguez señala que, aunque hoy en día se pueden identificar signos desde los 18 o 24 meses, «todavía hay margen de mejora, especialmente en perfiles más sutiles o en niñas, donde el diagnóstico sigue siendo más tardío». También influyen otros factores, como la variabilidad en los recursos disponibles o la necesidad de realizar un diagnóstico diferencial que descarte otras condiciones. En este proceso, las familias desempeñan un papel clave. Son quienes suelen detectar las primeras señales, aunque también intervienen profesionales sanitarios y educativos.
El impacto del diagnóstico en la familia
Recibir un diagnóstico de autismo supone un punto de inflexión para muchas familias. Por un lado, aporta respuestas a comportamientos o dificultades que ya se venían observando. Por otro, abre una etapa en la que es necesario buscar información, recursos y apoyos. Desde Plena Inclusión Madrid destacan que el acompañamiento es esencial. No basta con ofrecer un diagnóstico; es necesario proporcionar información clara y adaptada, así como apoyo emocional. En los primeros momentos, es habitual que aparezcan sentimientos de incertidumbre, tristeza o preocupación por el futuro. Por ello, el papel de los profesionales y de otras familias resulta fundamental. El apoyo entre iguales, basado en la experiencia compartida, puede convertirse en una herramienta valiosa para afrontar esta etapa.
La importancia de un abordaje multidisciplinar
El autismo afecta a múltiples áreas del desarrollo, por lo que su abordaje requiere la intervención de distintos profesionales. Psiquiatras infantiles, neuropediatras, psicólogos clínicos, logopedas, terapeutas ocupacionales y profesionales educativos forman parte del equipo que acompaña a la persona y a su familia. La doctora Rodríguez insiste en esta idea: ningún profesional por sí solo puede abarcar toda la complejidad del TEA. El objetivo es mejorar la comunicación, la autonomía, la regulación emocional y la integración sensorial, entre otros aspectos. La intervención temprana, en este sentido, puede marcar una diferencia significativa en la evolución.
La vida en el entorno educativo
El ámbito escolar es uno de los principales escenarios en los que se ponen de manifiesto las necesidades de las personas con autismo. Los retos pueden ser diversos: dificultades en el aprendizaje, problemas para interpretar normas sociales implícitas o sobrecarga sensorial en espacios como el patio. Aunque el sistema educativo ha avanzado en los últimos años, la inclusión real sigue siendo desigual. Existen recursos y profesionales especializados, pero su disponibilidad varía según el centro y la comunidad. Las adaptaciones personalizadas son clave. Pequeños cambios en el entorno o en la metodología pueden tener un impacto significativo en el bienestar del alumno.
Adolescencia y vida adulta: etapas menos visibles
A medida que los niños con autismo crecen, surgen nuevos desafíos. La adolescencia introduce cambios en las dinámicas sociales y en los intereses, lo que puede generar dificultades adicionales. Anticipar estos cambios y construir redes de apoyo resulta fundamental para favorecer la integración y el desarrollo personal. En la vida adulta, las barreras continúan, especialmente en el acceso al empleo y en la vida independiente. Desde Plena Inclusión Madrid se trabaja en el desarrollo de apoyos personalizados que permitan a las personas con TEA participar activamente en la sociedad.
Entornos adaptados: el papel del ocio inclusivo
El acceso al ocio es otro de los ámbitos en los que la inclusión resulta fundamental. Iniciativas como las desarrolladas por Parque Warner Madrid muestran cómo es posible adaptar los espacios para hacerlos accesibles a personas con autismo. El parque cuenta con medidas específicas, como reducción de tiempos de espera, accesos prioritarios, información anticipada sobre estímulos o espacios tranquilos para reducir la sobrecarga sensorial. También ofrece formación a su personal y colabora con entidades especializadas para mejorar sus protocolos. Además, gracias al apoyo de esta iniciativa, más de 400 personas con TEA han recibido ayudas en ámbitos como el ocio, la autonomía personal o el refuerzo educativo.
Noemimisma: el autismo cuando no se ve
El autismo en mujeres adultas sigue siendo una de las realidades más invisibilizadas. En este contexto, testimonios como el de Noemimisma ayudan a comprender una parte del espectro que durante años ha pasado desapercibida. Influencer y divulgadora, fue diagnosticada de TEA a los 35 años. Su experiencia permite entender qué ocurre cuando el diagnóstico llega tarde. «Encajó todo. Fue como mirar hacia atrás y entender por primera vez mi propia historia con sentido», explica.
Durante años, muchas de sus vivencias fueron interpretadas como rasgos de
personalidad. El diagnóstico le permitió comprender el origen de esas dificultades. «Entendí por qué me agotaban tanto los entornos sociales, por qué necesitaba tanto tiempo a solas, por qué había situaciones que me sobrepasaban sin saber explicarlo».
Señales que estaban, pero no se vieron
En su caso, las señales existían, pero pasaron desapercibidas. «Había muchas señales, pero estaban muy normalizadas o mal interpretadas». Entre ellas, la sensibilidad a los ruidos, la necesidad de control o el agotamiento tras la interacción social. Pero destaca un elemento clave: el camuflaje. «Ese esfuerzo constante por observar, por copiar, por adaptarte para que no se note que hay algo que te cuesta».
El diagnóstico supuso también un cambio en la forma de entenderse a sí misma. «Empiezas a tratarte con más respeto, con más cuidado. Dejas de exigirte ser alguien que no eres». Aprender a reconocer los propios límites y a respetarlos se convierte en una herramienta fundamental en el día a día.
Su experiencia adquiere una dimensión distinta al compartir el diagnóstico con su hijo. «Entendí que muchas de las cosas que veía en él también formaban parte de mí». Esta vivencia le permite acompañarle desde una comprensión más profunda. «No le miro desde fuera, le acompaño desde dentro». La relación con su hijo se construye desde el respeto y la aceptación. «Es un vínculo muy profundo, muy basado en la comprensión real». Momentos cotidianos, sin estímulos externos ni exigencias, son los que refuerzan esa conexión.
Invisibilidad y diagnóstico tardío en mujeres
Uno de los aspectos que destaca es el infradiagnóstico en mujeres. «Porque no responde a la imagen clásica del autismo. Muchas mujeres hemos aprendido a adaptarnos desde muy pequeñas». Esta capacidad de adaptación, lejos de ser una ventaja, puede retrasar el diagnóstico y aumentar el desgaste emocional.
Decidir compartir su historia tuvo un objetivo claro: ofrecer referentes. «Porque yo no tuve referentes». El impacto ha sido significativo, especialmente entre mujeres que se sienten identificadas. «Cuando entiendes, dejas de culparte».
Fechas como el 2 de abril cumplen una función importante: visibilizar y generar conocimiento. La concienciación contribuye a reducir estereotipos y a favorecer una mayor inclusión. Sin embargo, los expertos coinciden en que el reto no es solo informar, sino transformar esa información en cambios reales en la sociedad. Las necesidades de las familias son diversas y cambian a lo largo del tiempo. En las primeras etapas, la prioridad suele ser el diagnóstico y la intervención temprana.
Más adelante, cobran importancia la educación, la inclusión social y el acceso a recursos. Entre las principales demandas destacan: Información clara y accesible, apoyo emocional y acompañamiento profesional, recursos educativos adaptados, acceso a servicios especializados y una mayor inclusión social y laboral.
Hacia una comprensión más amplía
El autismo forma parte de la diversidad humana. Entenderlo implica reconocer esa diversidad y adaptar los entornos para que todas las personas puedan participar en igualdad de condiciones. La neurodiversidad no es un concepto nuevo, pero su aplicación práctica sigue siendo un reto. La inclusión real requiere cambios en distintos niveles: educativo, social, laboral y cultural. El conocimiento sobre el autismo ha avanzado en los últimos años, pero sigue en evolución. Cada vez se comprende mejor la diversidad dentro del espectro, así como la importancia de los apoyos personalizados. También se ha ampliado la mirada hacia etapas menos visibles, como la adolescencia o la vida adulta.
El Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo sirve para recordar una realidad que está presente todos los días del año. Para muchas familias, convivir con el autismo implica adaptarse, aprender y buscar recursos de forma constante. La información, el acompañamiento y la comprensión social son elementos clave para mejorar su calidad de vida. Y aunque los avances son evidentes, la necesidad de seguir trabajando en la inclusión y en el conocimiento del autismo sigue siendo una prioridad.
