07 Abr Generación sedada: entre el ‘bajón’ y el trastorno mental en la adolescencia.
Más allá de las etiquetas diagnósticas, los expertos señalan la urgencia de comprender el sufrimiento juvenil.
2026. ABC
Carlota Fominaya
El aumento del malestar psicológico y los problemas de salud mental en población cada vez más joven es una realidad de la que los clínicos vienen avisando desde hace años. No en vano, según el Plan de Acción de Salud Mental 2025-2027, el consumo de antidepresivos entre jóvenes de veinte a veinticuatro años ha aumentado un 52% desde 2017, lo que se traduce en que uno de cada cuatro menores de veinticinco años toma medicación psiquiátrica.
Y según la última encuesta Estudes del Ministerio de Sanidad, cerca de uno de cada cinco adolescentes ha consumido alguna vez hipnosedantes, un dato que refleja también la creciente tendencia a recurrir a la medicación ante el malestar emocional en estas edades.
Pero no todo sufrimiento adolescente, advierten desde la Asociación Española de Pediatría (AEP), es un trastorno mental que haya que medicar. De hecho, remarcan, estamos ante una realidad cada vez más frecuente en las consultas: «Jóvenes en plena etapa de transición que viven un profundo malestar en busca de soluciones fáciles». Que llegan, describen, al primer síntoma, al primer indicio, a la primera señal.
Nos encontramos en un contexto, advierte el doctor José Antonio Salinas, coordinador del Comité de Bioética de la AEP, donde «existe el riesgo de convertir experiencias vitales propias de la adolescencia en etiquetas diagnósticas como ansiedad, depresión o TDAH, que pueden acompañarlos durante años y condicionar su identidad. De hecho -prosigue-, transformar duelos, dificultades u otros problemas cotidianos en trastornos mentales cambia completamente la forma de afrontarlas».
La escala de grises
En este sentido Salinas insiste en la importancia de que «no todo sufrimiento sea medicalizado, siendo fundamental diferenciar entre malestar, crisis vital y trastorno mental. Hay una demanda muy alta de soluciones rápidas y pensamos que medicalizar soluciona, pero es tratar sólo la ‘punta del iceberg’, en lugar de abordarlo de una forma más profunda». Así lo corrobora también el jefe de Psiquiatría del Hospital Infanta Leonor, Javier Quintero, para quien «hay que diferenciar con rigor entre un malestar esperable de una etapa vital compleja como puede ser la adolescencia, una crisis evolutiva con sus ‘dolores de crecimiento’ y un cuadro clínico que realmente requiere de una intervención específica».
La adolescencia, explica Quintero, «es una etapa de cambio, de transición del niño que fue, al adulto que será, lo que incluso puede llevar cierta dosis de confusión sobre la propia identidad, y pretender que un adolescente tenga que estar siempre bien, es una fantasía poco realista y, no pocas veces incluso dañina». En este punto, los expertos alertan también de una visión cada vez más extendida que reduce la salud mental a extremos. Como apunta la doctora Paula Amero, coordinadora del comité de Salud Mental de la AEP, «parece que solamente se puede estar bien o mal, sin espacio para las zonas grises o intermedias del desarrollo emocional».
Lo difícil, añade Salinas, «es poner palabras a lo que pasa. Faltan espacios para decir: ‘no estoy bien’ sin vergüenza, y donde alguien escuche. Las etiquetas no siempre ayudan, cada persona es diferente, pero nuestro pensamiento tiende a ser dicotómico, cuando la realidad es mucho más compleja». Es decir, matiza el psicólogo Rafa Guerrero, «no existe el tratamiento del TDAH, el de la depresión, o del trastorno del pánico. Lo que sí existe es el tratamiento concreto individualizado para Juan, para María o para Gabriel. Tenemos que ir más allá del síntoma y ver a nuestros adolescentes, les tenemos que mirar a los ojos y quizás olvidarnos de teclear durante el rato que están en consulta», sugiere.
«Ningún niño decide tener o no tener TDAH»
En el debate del sobrediagnóstico, hay uno que se lleva la palma: el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, más conocido por sus siglas TDAH. En este punto, señala el psiquiatra Javier Quintero, «es verdad que hoy corremos un doble riesgo; por un lado, banalizar el sufrimiento y por otro, patologizar en exceso, pero con respecto a este trastorno, conviene ser claros, ni todo adolescente con problemas de atención tiene por qué tener un TDAH, ni es una invención diagnóstica o una moda, sino una realidad que puede generar un deterioro importante en la vida de quien lo padece. Por contra, cuando el diagnóstico es riguroso, el tratamiento puede cambiar vidas».
A juicio de Quintero, el problema no está en si está o no sobrediagnosticado, sino en diagnosticar deprisa, sin contexto evolutivo, sin una correcta exploración clínica y sin un adecuado diagnóstico diferencial. Y esto se puede aplicar también a otros trastornos mentales». El psiquiatra Hilario Blasco, director de Emooti, es rotundo al respecto: «En España no hay sobrediagnóstico ni sobretratamiento del TDAH. Ningún niño ni ningún adolescente deciden ser altos o bajos, ni el dolor de su piel, como tampoco deciden tener o no tener TDAH, simplemente lo heredan».
Hay que recordar, añade este doctor, «que se calcula que en todo el mundo alrededor un treinta por ciento de niños o adolescentes tendrían algún trastorno del neurodesarrollo, de los cuales un 6-8 por ciento serían TDAH, un 2-3 por ciento trastorno del espectro autista, cerca de otro 6-8 por ciento dislexia y discalculia, tres cuartos de lo mismo. Esa es una realidad». Dicho esto, admite el director general de Emooti, «estoy de acuerdo en que la adolescencia es un periodo de riesgo en el que tenemos que entender que el gran malestar actual tiene que ver con unos cambios sociales muy importantes y con el uso de los teléfonos móviles, las redes sociales los videojuegos y las apuestas online, entre otras, que están destrozando la salud mental de muchos menores».
Estos profesionales abogan por «escuchar más allá de los síntomas, entender qué significa ese malestar para el adolescente y acompañarlo adecuadamente. Que sientan que no están solos. Y esto empieza mucho antes de llegar a la consulta del médico». Esto pasa, según Armero, «por reconocer al menor como un sujeto activo en su proceso, favorecer su autonomía progresiva y garantizar intervenciones proporcionadas, siempre en su mejor interés».
Junto con un abordaje más humano y más prudente, en este punto el coordinador del Comité de Bioética de la AEP señala que en la prevención es importante «fomentar la vida saludable desde la infancia, el autoconocimiento, la empatía, la comunicación, el pensamiento crítico, la gestión emocional… Vivimos en una sociedad con mucha tensión y estrés, y si no tenemos herramientas para gestionar el día a día, sin duda aparecerá el sufrimiento».
Espacios de diálogo
Para lograrlo es clave, apunta Salinas, que los adolescentes «encuentren espacios donde expresarse, sentirse escuchados y acompañados. Es clave recuperar espacios de diálogo, algo que se está perdiendo. En una sociedad tan compleja como la actual, donde importa mucho la inmediatez, más que la palabra y la narrativa, este colectivo necesita de encuentros donde la palabra esté presente».
Quizá, coincide en señalar Quintero, «más que poner el foco en los tratamientos, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para prevenir. Si sabemos desde hace tiempo que los adolescentes sufren más, que viven bajo más presión social y digital, con la consiguiente repercusión emocional, y que, como el propio tempo de la sociedad en la que viven, con frecuencia llegan a las consultas buscando soluciones rápidas, entonces el foco no debería ponerse únicamente al final del proceso, cuando hablamos de diagnósticos o de tratamientos. La mirada debería ponerse al inicio, en la prevención, en la educación emocional, en el acompañamiento y en promover contextos más saludables. En medicina aplicamos el dicho de más vale prevenir que curar, y en salud mental infanto-juvenil está idea, debería estar ahora más presente que nunca».
La salud mental, concluye el coordinador del Comité de Bioética de la AEP, «es un concepto mucho más global, que exige no solo una respuesta médica, sino de toda la sociedad: los adultos tenemos la responsabilidad de acompañar el sufrimiento. No podemos mirar para otro lado, es una responsabilidad social».
